Anonym

Mi gato no camina, desfila. Desde que le puse una pequeña corona dorada entre las orejas, se cree el rey absoluto de la casa. Se llama Miso, pero ahora responde mejor a “Su Majestad”, sobre todo cuando escucha abrirse una lata de comida. Tiene un pelaje suave color gris humo y unos ojos verdes que miran con autoridad, como si estuviera juzgando mis decisiones de vida. Se sienta en el respaldo del sofá como en un trono, observando su reino: la sala, la cocina y el pasillo prohibido. Si alguien ocupa “su” silla, la recupera con una mirada digna y un salto elegante. Por la noche duerme a mi lado, porque hasta los reyes necesitan compañía. Y yo, honestamente, vivo feliz bajo su reinado. Le cepillo el pelaje cada mañana mientras acepta su destino real con paciencia infinita y absoluta.
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